El respeto comienza en el corazón. Cuando comprendemos que somos creación de Dios, dejamos de hablar con desprecio de nosotros mismos y de permitir que las opiniones ajenas definan nuestro valor.
Respetarte no es orgullo; es reconocer que Dios te formó con dignidad y propósito. También significa cuidar tu corazón, establecer límites saludables y alejarte prudentemente de aquello que destruye tu paz.
Pero el respeto no termina en nosotros. Jesús dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Por eso debemos cuidar nuestras palabras, escuchar antes de juzgar y tratar con dignidad incluso a quien piensa diferente.
Y cuando alguien te falte al respeto, no permitas que su conducta cambie tu carácter. Responde con sabiduría, firmeza y el amor de Cristo.
Recuerda: puedes ser amable sin permitir abusos, perdonar sin regresar al mismo daño y establecer límites sin guardar rencor. Respétate, honra a los demás y permite que Jesús gobierne tu corazón.
FE cada día con Esther Contreras.







